jueves 24 de julio de 2008

16

La noche concluye revuelta y la mañana se despereza con un frescor vaporizado. Una alfombra de ramas desprendidas de los árboles cubre las aceras por efecto de la tormenta. Apenas se abren al público las instalaciones del polideportivo municipal, a las ocho y media de la mañana, la pareja de ancianos que últimamente es asidua del gimnasio, ya hace cola. Jacinto y Tarsicio, qué dos señores tan encomiables. El primero más alto, con una rala cabellera y el físico muy desfondado, gran panza, frágiles tobillos; se advierte en todas sus carnes que sus cuarenta años de trabajo sedentario en el banco le han hecho mella. El segundo, enjuto, robusto, con los músculos del tórax sorprendentemente hinchados y también los de las piernas, algo combadas quizás. Viéndolo en chándal resulta fácil adivinar su pasado: brigada de bombero. Sobre los ojos, carga con unas lentes tremendas de pasta oscura, la única mácula en su indumentaria.

Tarsicio lleva la iniciativa: primero los minutos obligados de bicicleta, después el flujo de mancuernas, los estiramientos, las rondas de abdominales, para acabar con unas flexiones sobre las barras colgantes que asustan a los más osados. Su cuerpo rígido y aún fibroso bajo la camiseta interior abanderado parece a punto de estallar. Jacinto le sigue muy de lejos. El prefiere la máquina de remo sobre la que pasa los minutos simulando una suave regata en un manso riachuelo. Luego se aposta en los bancos de las pesas y allí hace el esfuerzo de levantar alguna, apenas cargada. Dice trabajar los triceps, pero tal cosa sólo existe en su cabeza. Tarsicio le riñe:
- ¡Que no es así, hombre! ¿No ves que eso no vale para nada? Mira cómo lo hago yo y aprende.
Y, tomando la pesa de Jacinto, ejecuta una tanda tan sui géneris de abducciones que casi le provoca un desgarro en algún tendón.
- ¿Has visto? Así es como lo tienes que hacer.
- Vale, Tarsicio, me queda claro. Anda, no te sulfures.
- Si es que no me haces caso, pero te lo digo por tu bien…

Y vuelve Tarsicio a su alocada tabla de ejercicios. Quizás la dureza sea más bien aparente. Quien bien lo observe en la distancia, así las empleadas de limpieza matutinas, se dará perfecta cuenta de que consume más tiempo en sermonear a Jacinto que en cumplir con su preparación. El gimnasio, antes que otra cosa, es para ellos punto de encuentro, celebración de una rutina casi dominical, sano sustituto de la mesa de bar, el cognac y las partidas de mus. Allí, entre las máquinas, las pesas y las colchonetas de las abdominales, los señores discuten y arreglan su pequeño mundo. Que si el aire acondicionado, que si la subida de la luz, que si las derramas de la comunidad. Esta vida se ha vuelto imposible, reniegan. Y a menudo, mientras hacen el paripé sobre las bicicletas estáticas, sus ojos se abren de pronto descomunalmente, sus discursos se emboban. En el nuevo canal de televisión comienza el concurso de moda. La despampanante presentadora pelirroja les roba el aliento y tal vez la existencia.

miércoles 16 de julio de 2008

15

Hoy el telescopista no puede ver las estrellas. La noche está densa. Las nubes se arraciman en el horizonte y se aproximan galopando al son de poderosos truenos. No hay forma de usar su herramienta en una noche como ésta, de tal manera que la cubre con mimo y la pone a resguardo en el ático que habita. La pérgola no le parece suficiente protección para la tormenta que se avecina. Afortunadamente, tiene espacio suficiente en el interior de casa. Se hizo con esa propiedad, por la que pagó, en los momentos del boom inmobiliario, una cantidad, nunca mejor dicho, astronómica, no por su distribución, su buena comunicación, o la calidad de sus acabados, sino por las enormes vistas a la noche descubierta. Buscó, cómo lo recuerda, un barrio oscuro, apenas construido, y muy a las afueras de la ciudad, donde dar rienda suelta a sus soledades.



Cuando compró el telescopio, también lo recuerda, el dependiente de la tienda de ocasión le miró con extrañeza.
- ¿Es usted profesional de la astronomía? – le preguntó mosqueado. Un experto jamás le hubiera planteado cuestiones como las de ese cliente al adquirir un artilugio de tal calibre. Tal vez se tratara de un voyeurista tapado, no era la primera vez que ocurría.
- No, sólo un amante del firmamento – le respondió.
Y se llevó a su guarida el gran telescopio refractor con corrección cromática, montura de titanio, distancia focal de 1500mm y casi 200mm de diámetro de lente, lo que le facultaba de golpe para abordar los mayores retos de la observación espacial, objetivos que nunca los vulgares aficionados se podrían plantear. Con un instrumento así, no sólo los rastros de los planetas básicos estarían a su alcance, las habituales galaxias y astros, sino que, además, sería capaz de abordar los detalles planetarios más atrevidos: las crudas cicatrices de la luna, el fino velo de las constelaciones lejanas, el brillo mortal de alguna desorientada supernova…

Desde entonces, el telescopista, que a diario cumple sus horas en la ventanilla de una roñosa oficina bancaria y no conoce en sus ratos libres de amigos ni mujeres liberadas, dedica el grueso de su tiempo a la ávida contemplación celeste. Noche tras noche en blanco, con los ojos pegados al visor telescópico, los globos enrojecidos de tanto desvelo, las retinas pálidas y encendidas como el plateado relucir de los satélites de Júpiter. De este modo, el telescopista incurre en un declarado abandono que ya preocupa incluso a sus compañeros de trabajo. Por las mañanas, lo observan extraordinariamente torpe, consumido, con el pelo sin acicalar y unas ojeras que parecen sombras terribles en los cráteres de sus ojos. Pero a él todo le da lo mismo. No es la primera vez que hace caso a omiso a las recomendaciones sindicales que le aconsejan un largo periodo de excedencia. Ha cometido errores severos de caja que sus jefes no le perdonan. Todas las operaciones que ejecuta le resultan vagas y delicuescentes, como los bordes de sus amadas nebulosas. No habla, no se comunica. Él sólo quiere que llegue la noche para, desde su guarida, seguir la estela de Orión. Hoy no va a poder ser. Los relámpagos en la cercanía lo descorazonan.

viernes 4 de julio de 2008

14

Hay un momento en que los objetos, al igual que las personas, se rebelan contra el orden establecido y se extravían. Parece que tal tendencia estuviera señalada en sus naturalezas, como la obsesión de las aguas por liberarse de los diques. Sólo un afán neurótico, inútil por otra parte, es capaz de retenerlos, si no en sus sitios acostumbrados, esos espacios cotidianos en los que ordinariamente habitan, en otros propiamente construidos para ello.

Cuando Fernando arranca su audi y escapa de su viejo barrio por la carretera de circunvalación recién parcheada, apenas detiene su vista en el gran edificio que han levantado en un flanco. Una luz cenital y un gran cartel acolchando su fachada de arriba a abajo no son capaces de impactar en su retina, tan deseosa de darse a la huída. Trasteros desde 1m2 al mes, grita el letrero en mastodónticos tipos reflectantes. La solución definitiva a sus problemas espaciales, ya en tipos menores, no menos rotundos, almacenes individuales, cómodos, flexibles, vigilados… minibodegas refrigeradas…



El vigilante jurado que lo recorre todas las noches es testigo privilegiado. Ronda tras ronda, cámara tras cámara, gol tras gol vociferado por su transistor en esas jornadas de gloria futbolística de las que nunca disfruta, él sí que puede dar razón de tan rocambolesco edificio. Sus retinas, al contrario que las del esquivo Fernando, se han detenido reiteradamente en cada uno de sus rincones. Hangares gélidos, pasillos que huelen a acero, a linóleo y a pladur mal rematado, espacios impersonales tan del gusto del diseño industrial de hoy. Miles de compuertas numeradas, con sus cancelas desplegables y sus detectores antiincendio, qué derroche de funcionalidad tan americana. Por ellas ha visto transitar a las gentes más pintorescas que su encurtido cerebro pueda recordar. Ha visto a los matrimonios recientes renunciar a sus bicis y sus trastos de soltero, a las familias pudientes deshacerse de los viejos divanes y las cómodas de los abuelos, a los comerciantes orientales distribuir sabiamente sus alfombras y su mercancías perecederas, a los traficantes de pescado embalsamar los cortes de atún en congeladores gigantes, a los oficinistas desplazados cargar sus móviles y recibir a clientes en tristes despachos climatizados… Nunca un solo edificio ha sido continente de tan variopinta fauna. Más de una vez, al pasar la medianoche, ha creído escuchar sollozos de mujeres apagados por manos hombrunas… El vigilante no se asusta si rastrea las cámaras y ve parejas de fantasmas semidesnudos. No le preocupan tanto los seres que lo visitan ocasionalmente, como la gran carga de cosas, absolutamente incontrolada, que allí depositan. Un sudor frío le cae por la frente. Sólo él conoce el terror que generan los objetos, no en vano sus dueños se desprenden tan vivamente de ellos.

El vigilante jurado sale un minuto al exterior, se enciende un pitillo y respira aire fresco. El tiempo está caprichoso. Se ha levantado cierto viento y de fondo se oye, no muy lejos, el crepitar de algunos truenos.

domingo 25 de mayo de 2008

13

Agobiado, sin saber ya a quién recurrir en su desesperada pretensión de recuperar el proyecto, Peter llama a su viejo amigo Fernando, el genio computacional, que acude en su ayuda. Cae la noche cuando Fernando llega directamente de su trabajo en una internacional informática. No le cuesta encontrar aparcamiento en su antiguo barrio. Nada ha cambiado en él: el mismo trazado, los mismos edificios, los mismos efluvios vegetales que antes lo arrobaban... Peter lo recibe con abrazos. Le prepara un salteado de verduras orientales y le sirve una copa de lambrusco que acompaña con algo de picar. De fondo suena una música ambiental que dibuja por momentos resonancias selváticas. De pie sobre la barra del salón, con las sonrisas francas y los gestos sonrosados como el vino que degustan, comen y se ponen al día. Qué poco tiempo ha pasado y cuánto ha cambiado sus vidas, comentan.


- Fíjate en ti – le dice Peter –. ¿Quién te iba a decir a ti hace dos años, cuando te dejó Sandra para preparar sus oposiciones y tan hecho polvo estabas, que ibas a trabajar para Cisco y que te ibas a comprar un piso y un cochazo? Seguro que ahora te sobran las mujeres…
- No creas, Peter. Las apariencias engañan.
- Pues mírame a mí, que nunca acabo de salir de este apartamento, sin novia, sin sueldo fijo… Y encima, para una cosa interesante que hago, voy y la pierdo. Soy un desastre. Yo te envidio la verdad, se te ve de puta madre.
- Te repito que las apariencias engañan…

Fernando elude seguir con el tema. Su mirada recorre el apartamento de Peter algo angustiada. Parece que la visita a su antiguo barrio lo haya descolocado levemente. Los amplios ventanales, abiertos al hechizo de la noche, dejan entrar un relente que lo destempla en su traje de oficina. El frescor del césped, las fragancias de las adelfas… demasiadas sensaciones vetadas, clausuradas artificialmente en su interior, de pronto emergidas todas juntas para convulsionarlo, como un fuerte episodio de alergia primaveral. Molesto, abandona la copa de vino a sabiendas de que no es ella la culpable de sus temblores. Bueno, entonces vamos a echarle un vistazo a ese ordenador, exclama sin dar tiempo a Peter a acabarse el postre.

Lo encienden y comprueban que sigue colapsado. Fernando trata por todos los medios de recuperar la información previa a los problemas de arranque. La operación resulta fallida. Lo intenta después con la unidad de memoria extraíble, con idéntico resultado. No le queda otra que abrir el ordenador por sus tripas y rescatar el disco duro. Con guantes de látex y meticuloso cuidado, lo introduce en una bolsa que cierra herméticamente para llevarse al trabajo. Fernando promete a su amigo que en esa semana tendrá noticias suyas. Secundado por el repique ululante de un berimbau en los bafles de la sala, se despide de él. A la salida, corre a su coche que le aguarda como un seguro salvavidas. Lo arranca y aprieta a fondo el acelerador.

sábado 17 de mayo de 2008

12

No hay cosa que más angustie, y por tanto excite, a Mario Villanueva que los congresos profesionales. La semana que viene leerá una comunicación acerca de los progresos farmacéuticos en la lucha contra el mal de altura en unas jornadas que se suponen muy relevantes. La cita le pone tenso ya días antes. Es una suerte de excitación que, en su caso, deriva en una patología de claro desorden moral. Tirantez materializada en una incontinencia sexual frente a la que se siente indefenso, incapaz de sujeción. Su ser es depravado por naturaleza.

Ya de adolescente tuvo problemas en el colegio por sus comentarios, los cuales se volvían tanto más procaces cuanto más se acercaba la temporada de exámenes, según comentaban las frágiles compañeras de quince años. Su organismo creció traumatizado por la necesidad de saciar esa incontinencia. Al principio eran temblores que le sacudían en la base del cuello para transmitírsele de inmediato a la zona inguinal. Ciertas prácticas de satisfacción individual, no confesables ante cualquiera, lo serenaban por momentos. Pero enseguida bullía de nuevo en su sangre el ansia carnal.

Con el paso de los años, ha aprendido a desembarazarse de sus traumas. La compañía eventual de mujeres, jóvenes o maduras, magras o rellenitas, distantes o entregadas, delicadas o provocadoras, dominantes o sumisas, es el remedio más acertado para aplacar sus fiebres nocturnas. ¡Qué alivio dar rienda suelta a sus apetitos! La vida cobra sentido en esos momentos, lejos de sus tormentos personales. Desgraciadamente, tales compañías no siempre resultan posibles ni provechosas. Eso le frustra y le deja de un humor corrosivo. La luz de su apartamento le parece entonces terriblemente sombría. Como cambia de alquiler con frecuencia, lo tiene sucio y desordenado. Asentado ya en la cuarentena, ha asumido por completo su desarreglo y vive conforme a él, entregando a los caprichos del destino. Su existencia se ha convertido en una azarosa sucesión de encuentros propiciados, cuando no de forma natural, bajo tácitos acuerdos de compensación económica, y siempre en los momentos de mayor estrés profesional. Una cadena de actos de desahogo, como a veces los denomina, sobre la que ya no ejerce el más mínimo control.

La noche. La luz del flexo consolidando el caos sobre su mesa. El portátil encendido. Una copa y un cenicero con posos en descomposición. En la pantalla, guiños y llamadas fugaces. Se conecta a Internet para dar un repaso a sus contactos. Nadie le ha escrito, ninguna hembra de su mustio ramillete de amigas. No le queda más remedio que acudir a las páginas reservadas en las que se gasta el limitado fondo de sus tarjetas. Activa un par de contraseñas y accede al mundo de los perdidos, su pequeño reino de lujurias digitales. Muslos, ingles, frotamientos, carnaza en plena actividad. Mario Villanueva se excita. En el transcurso del acto, se rasca el mentón, chasquea con los dientes, suspira al acabar.

sábado 3 de mayo de 2008

11

No es la primera vez que se cruza con ellas. Sus obligaciones profesionales le han convertido en un lánguido correcaminos. Las reconoce y, sin embargo, no les presta gran atención. La primera vez que las vio, se echó a un lado y las dejó pasar mansamente. Clavó su mirada escéptica en el balanceo de sus traseros, pero pronto la retiró para hundirla en el embaldosado de la calle, el mismo que había contribuido a ensuciar con la colilla expirada que le estaba quemando el bigote. La vida le ha deparado pocas alegrías, o eso deja entrever el vendedor de enciclopedias.



Es un tipo duro que huele a tabaco y tristeza. Aunque mide más de 1,90, no lo aparenta. Tan encorvado va en su gabardina de fieltro, su fiel compañera de trasiegos, que la gente lo toma por un hombre de mediana estatura. Bajo el abrigo abotonado, sólo deja ver una camisa desgalichada y quizás algún chaleco rayado. Su indumentaria es siempre ésa, independientemente de la estación del año. Únicamente la abandona en verano para optar por una vulgar chaquetilla. De este modo, hay señoras que, cuando lo ven aparecer de frente, se cambian de acera al confundirlo con un exhibicionista. Del resto, poco que merezca la pena: unos pantalones de fieltro, unos desgastados zapatos, la cabellera canosa adherida hacia atrás con kilos de gomina, y un tono grisáceo en las facciones, en cada poro de la piel, que sugiere alguna enfermedad hepática. Le gusta liarse sus propios cigarrillos que se fuma uno tras otro. El humo negro le mancha el bigote y se le cuela por los ojos, vidriados de amargura.

A ciencia cierta, nadie sabe si su oficio es la venta callejera de enciclopedias, o algún otro tipo de representación comercial. Tal vez un visitador farmacéutico o un suministrador de muestrarios y productos. Lo que no abandona es su pesado maletín de cuero, se ignora si repleto de contratos, o de papeles absolutamente intrascendentes, como suplementos inmobiliarios, o recortes extravagantes de revistas del corazón. Magnífica oportunidad de negocio. Comprobado: haga contactos y gane dinero con sus conocidos y familiares, leyeron una vez en una cuartilla de su mano. En realidad, él es un perdedor, ése es su oficio. Hace tiempo que se decantó por el camino de la derrota y no se movió de ahí ni un milímetro. Nunca actualizó sus técnicas de venta, por ejemplo. Se quedó estancado en su aprendizaje de mozo, cuando las transacciones se ejecutaban con cheques y pagarés a la vista, y las cartas mecanografiadas y los modelos contractuales se archivaban cuidadosamente en carpetillas con gomas. Desde entonces, nadie lo ha visto progresar en sus hábitos de trabajo, ni, por consiguiente, en su carrera. La gente cree que es presa de una melancolía filosófica, o de un mal de amor jamás curado. Por las tardes, su mirada deambula al encuentro del suelo, mientras su pitillo se consume apáticamente. Sólo por las noches, cuando concluye sus imprecisas jornadas de trabajo, se le ve más entretenido. Suele visitar un locutorio. El encargado comenta que allí su cliente hace un esfuerzo ímprobo por incorporarse a la red. Su contraseña de uso, siempre la misma: Delfín 400.

domingo 6 de abril de 2008

10

Las mujerísimas. ¡Qué caderas, que porte, qué bustos apretados, qué melenas al viento! La una morena, casi azabache; la otra castaña, con reflejos rubios brotando a su antojo como filamentos de oro. Son las dueñas de los gemelos, hembras macizas y poderosas a la edad de cuarenta y tantos años.

Cuando sus maridos las abandonan por el jaguar descapotable, ellas hacen vida social. Como plantas tropicales ansiosas por chupar la luz, se muestran al vecindario, esplendorosas. Se visten con sus mejores galas, se maquillan con profusión e, imponentemente erguidas sobre zapatos de plataforma, se exponen al ojo público. El espectáculo es entonces grandioso. ¡Cómo se contonean, con qué apabullantes andares se apropian de las calles! Es imposible no verlas. Hasta los invidentes del Centro de Formación del distrito las perciben por el repiqueteo de sus tacones. Se las reconoce a la distancia por éste y otros detalles. A veces van cogidas de la mano, como seres hermanados que son, y de esta guisa recorren cada calle, cada esquina, cada escaparate comercial. Tienen por capricho detenerse delante de ellos y desplegar toda una parafernalia de representación. Cuando esto sucede, el tránsito en las estrechas vías se resiente irremediablemente. Sin importarles gran cosa, ellas se inclinan, se balancean, señalan con sus largos dedos esmaltados los artículos, qué más dará si sus huellas marcan de cosmético los cristales, y, muy altaneras, discuten los precios en un tono que más de un tendero califica de provocador. Las miradas reprobatorias no les coartan un ápice. Frente a las tiendas de fulares, adoptan una pose como de valquirias dominadoras.

Sucede que la consanguinidad de sus maridos se les ha pegado no sólo en el carácter, sino también en el físico. De orígenes dispares, actualmente las dos se han mimetizado al extremo de que parecen primas o hermanas compartiendo perfumes, vestidos y hasta prendas de encaje. Los vecinos no aciertan a dotarlas de una identidad reconocible, no las distinguen individualmente. O es más apropiado decir que sí las distinguen, pero que las confunden en lo que a sus maridos se refiere. No saben si la morena es la mujer del primero y la castaña la del segundo, o bien al revés, como sugieren algunas voces. Dudan al asignarles sus respectivos nombres de pilas, sus fechas de nacimiento y sus declarados domicilios particulares. En ocasiones, la confusión les afecta directamente a ellas, y es la morena la que se siente rubia, y la castaña, morena, al punto de desear teñirse el pelo del mismo color que su hermana política. Peor resulta el equívoco tocante al nombre de sus maridos. Cuando, por motivos más que comprensibles, se les cruzan los cables y los llaman por el nombre del cuñado, sienten que sus personalidades se disipan dramáticamente. Es un hecho innegable que la borrosa similitud de sus hombres se les ha contagiado también a ellas. Tal vez de regreso a sus hogares acierten en esta ocasión.