Queridos amigos, parece que "La rueda del extravío" ha tomado cuerpo en las últimas semanas, tanto que ya está demandando convertirse en adulto literario, con la indumentaria clásica de novela. No seré yo quien frene sus ansias de madurez. A partir de este momento, me veo forzado a escondérosla temporalmente. La metamorfosis requiere una discreción que la red no asegura, y me gustaría ser escrupuloso con sus naturales deseos. Así pues, qué mejor cifra que ésta, 28, para poner punto y seguido a sus devaneos de doncella. Os prometo que volverá transformada en una hermosa y venerable mujer.
28
Nuevo día y nuevo ajetreo. Mensajeros y repartidores se pelean por estacionar sus vehículos en los espacios acotados la calle Olmos, una batalla para la que no todo el mundo muestra aptitudes. A la residencia municipal acude algún familiar despistado, junto a los suministros de material sanitario; furgonetas cargadas de pastillas y pañales. Aprovechando que el mozo de turno deja abierta la puerta de la residencia, Paula Romera, la desmemoriada madre de Sandra que tiene por costumbre triscar en el jardín, se fuga sin ser vista. Para ser sinceros, no se trata de un acontecimiento nuevo; hay quien asegura haberla visto deambulando por los rincones más insospechados de la ciudad, si bien ningún empleado del hogar de ancianitos se atrevería jamás a reconocer un hecho así. Según pone el pie en la calle, todo un bombardeo de extrañeza sale a su encuentro. Acostumbrada al recinto amurallado de la residencia, en el que la vida sigue un curso en cierta medida previsible, el mundo exterior se le presenta verdaderamente como de otro planeta. Paula posa sus manitas en la balaustrada de piedra y abre los ojos como platos. Mira a todas partes desconcertada. Un torrente de gente pasa frente a ella con premura, un concepto que, gracias a Dios, ya desconoce por completo. Arrastrada por el flujo, echa a andar en cualquier dirección. Afortunadamente aún conserva el instinto de hacerlo por la acera, lo que la salva de ser atropellada por un land-rover. Sus pasitos en el enlosado son como la estela de un gorrión, temeroso de que lo aplasten los seres humanos.

En su itinerario nada tiene sentido ni genera conocimiento. Las tiendas, las señales, los transeúntes, las palomas... cosas que llaman su atención por instantes y luego se hunden en el socavón de su memoria. Paula se detiene frente a ellas como un ser de otra galaxia. Las mira durante minutos sin averiguar nada. Aunque ya apenas habla, las letras le son familiares. Va leyendo los carteles a su paso sin que eso signifique discernimiento, tan solo un tic de destrezas pasadas: viajes a Ecuador, restaurante chino, se vende apartamento, botines a 20 euros... Tal vez en su dulce cabeza se recompongan así los saberes oxidados de la escuela. Durante unos instantes se agacha e intenta entablar conversación con dos sorpredidas palomas.
De este modo, Paula pasa frente al quiosco de prensa, atraviesa la plaza de la iglesia, sigue la calle de los Almendros hacia abajo, se para frente al semáforo de la esquina asustada por una moto, lo cruza junto al resto de peatones, esquiva la parada de los taxis y, bordeando la fuente, se dirige al intercambiador de transportes. Se detiene momentáneamente en la entrada. Si no fuera por la ausencia de lógica en su conducta, se diría que cavila la conveniencia de dar el siguiente paso. El bullicio la llama y le impone cierto respeto. Por fin, con la respiración embargada, traspasa sus puertas. Un torbellino de humo, motores y estímulos la succiona hacia adentro, hacia la sima de las escaleras mecánicas. El próximo reto es aún más complejo: un autobús con destino no sabe adónde...





