sábado 17 de octubre de 2009

ANUNCIO:

Queridos amigos, parece que "La rueda del extravío" ha tomado cuerpo en las últimas semanas, tanto que ya está demandando convertirse en adulto literario, con la indumentaria clásica de novela. No seré yo quien frene sus ansias de madurez. A partir de este momento, me veo forzado a escondérosla temporalmente. La metamorfosis requiere una discreción que la red no asegura, y me gustaría ser escrupuloso con sus naturales deseos. Así pues, qué mejor cifra que ésta, 28, para poner punto y seguido a sus devaneos de doncella. Os prometo que volverá transformada en una hermosa y venerable mujer.


28

Nuevo día y nuevo ajetreo. Mensajeros y repartidores se pelean por estacionar sus vehículos en los espacios acotados la calle Olmos, una batalla para la que no todo el mundo muestra aptitudes. A la residencia municipal acude algún familiar despistado, junto a los suministros de material sanitario; furgonetas cargadas de pastillas y pañales. Aprovechando que el mozo de turno deja abierta la puerta de la residencia, Paula Romera, la desmemoriada madre de Sandra que tiene por costumbre triscar en el jardín, se fuga sin ser vista. Para ser sinceros, no se trata de un acontecimiento nuevo; hay quien asegura haberla visto deambulando por los rincones más insospechados de la ciudad, si bien ningún empleado del hogar de ancianitos se atrevería jamás a reconocer un hecho así. Según pone el pie en la calle, todo un bombardeo de extrañeza sale a su encuentro. Acostumbrada al recinto amurallado de la residencia, en el que la vida sigue un curso en cierta medida previsible, el mundo exterior se le presenta verdaderamente como de otro planeta. Paula posa sus manitas en la balaustrada de piedra y abre los ojos como platos. Mira a todas partes desconcertada. Un torrente de gente pasa frente a ella con premura, un concepto que, gracias a Dios, ya desconoce por completo. Arrastrada por el flujo, echa a andar en cualquier dirección. Afortunadamente aún conserva el instinto de hacerlo por la acera, lo que la salva de ser atropellada por un land-rover. Sus pasitos en el enlosado son como la estela de un gorrión, temeroso de que lo aplasten los seres humanos.



En su itinerario nada tiene sentido ni genera conocimiento. Las tiendas, las señales, los transeúntes, las palomas... cosas que llaman su atención por instantes y luego se hunden en el socavón de su memoria. Paula se detiene frente a ellas como un ser de otra galaxia. Las mira durante minutos sin averiguar nada. Aunque ya apenas habla, las letras le son familiares. Va leyendo los carteles a su paso sin que eso signifique discernimiento, tan solo un tic de destrezas pasadas: viajes a Ecuador, restaurante chino, se vende apartamento, botines a 20 euros... Tal vez en su dulce cabeza se recompongan así los saberes oxidados de la escuela. Durante unos instantes se agacha e intenta entablar conversación con dos sorpredidas palomas.

De este modo, Paula pasa frente al quiosco de prensa, atraviesa la plaza de la iglesia, sigue la calle de los Almendros hacia abajo, se para frente al semáforo de la esquina asustada por una moto, lo cruza junto al resto de peatones, esquiva la parada de los taxis y, bordeando la fuente, se dirige al intercambiador de transportes. Se detiene momentáneamente en la entrada. Si no fuera por la ausencia de lógica en su conducta, se diría que cavila la conveniencia de dar el siguiente paso. El bullicio la llama y le impone cierto respeto. Por fin, con la respiración embargada, traspasa sus puertas. Un torbellino de humo, motores y estímulos la succiona hacia adentro, hacia la sima de las escaleras mecánicas. El próximo reto es aún más complejo: un autobús con destino no sabe adónde...

sábado 10 de octubre de 2009

27

Ha estado genial, ya te contaré, es el breve sms que Ingrid recibe a media tarde de su querida amiga Sandra, festejando con un montón de exclamaciones su increíble cita con el tal Mario. Ingrid se ríe y muestra el mensaje a Jaime quien, en una de sus habituales salidas con Jacko, ha aprovechado para visitarla, siempre tan atareada. Jaime sonríe con picardía. Los vaivenes amorosos de Sandra, desde que rompiera con su común amigo Fernando, siempre han sido objeto de su atención.
- ¿Y de quién se trata esta vez? - le pregunta a Ingrid.
- ¡Uy, eso por el momento no te lo puedo contar! Es un secreto entre nosotras - le contesta algo abrumada -. Oye, Jaime, ya que estás paseando con el perro, ¿te importaría hacerme un favor?
- A ver, dime, que ya te conozco…
- Es que no me da tiempo de acercarme donde Peter para llevarle las pruebas de la impresión, aún tengo que escanear todas estas imágenes… ¿se las podrías llevar tú?
- Si me lo pides así… quién me iba a decir que iba acabar de recadero – suspira Jaime.
- Anda, que no tienes otra cosa que hacer. Es que estoy súper agobiada y, con esto de que ha perdido el proyecto, veo que no nos da tiempo. Te lo recompenso luego, te lo aseguro…
- Ok, te tomo la palabra. Llámale y dile que voy ahora con Jacko, que el pobre ya se está poniendo nervioso.
- Eres un cielo, no sabes cuánto te lo agradezco.

Jaime se despide de Ingrid con un beso de novio meritoso. Prende al perro de la correa, protege convenientemente en su bandolera las pruebas de impresión y retoma su paseo por el barrio, dirección esta vez del oxigenado apartamento de Peter. La tarde está preciosa. Los intrépidos rayos del sol apuntan ya la pujante luminosidad de mayo. Hay todavía un frescor en el ambiente, un relente húmedo que invita a circular con ligereza. Algunos paseantes se ven sorprendidos por las mangas de riego que, para gran felicidad de Jako, salpican desde los jardines cercanos. En los bordillos, comitivas de caracoles comienzan una andadura altamente peligrosa.


A mitad de camino, un mínimo incidente altera la alegría del paseo. Doblando la esquina, Jaime y Jacko se topan con Jacinto, el popular afilador de cuchillos. De saberlo, Jaime hubiera optado por una vía alternativa, pero ha sido imposible. Justo en ese momento Jacinto hace sonar con fuerza su flautín, sonido que, bien lo sabe Jaime, excita sobremanera a Jacko. El perro se retuerce como loco en torno a su correa; el agudo chiflido le crepita en los tímpanos. Sin caer en la cuenta, el pobre Jacinto sigue a lo suyo: pone en marcha la piedra de afilar y le saca punta a un cuchillo. Jacko, completamente refractario a ciertos ruidos, se lanza contra él ladrando de forma endemoniada. Su dueño logra retenerlo y pide disculpas. Consternado, lo aleja de allí enseguida. Habrá que añadir el matraqueo del motor y el rechinar de los cuchillos al catálogo de aprehensiones caninas, piensa tal vez a unos metros.

viernes 2 de octubre de 2009

26

La intervención de Mario Villanueva en el XXII Congreso Nacional de Farmaceúticos está prevista para después de la comida, justo como pistoletazo a la segunda sesión de ponencias. El auditorio del palacio de congresos estará completo y bramando por escucharle. Su comunicación sobre los avances contra el mal de altura le hierve en un bolsillo. Mario mira su rolex y comprueba que, contando con el descansillo, le quedan casi cinco horas. Aprovechando un tiempo muerto, se levanta y le dice al becario que ha de auxiliarle con el power-point que va a salir un rato, debe atender una trascendental reunión de negocios. No te preocupes, le tranquiliza, a las cuatro en punto estoy de vuelta. Y, de este modo, Mario Villanueva desciende a la planta garaje, arranca su brioso bmw y escapa del palacio de congresos. En el primer nudo de comunicaciones toma dirección a la nacional-II y pisa a fondo el pedal. Minutos más tarde, se encuentra a las puertas del hotel acordado, un gran centro de convenciones con fachada multicolor. Sandra ya lo espera en la entrada, muy guapa en traje de calle, con camisa de lino y pantalones ceñidos.



El primer contacto es decisivo, se saludan con nervios y expectación. Sandra no atina con las palabras, su príncipe es más mono de lo esperado. Mario también está gratamente sorprendido, tanto que suda levemente por las muñecas. Ella es muy joven y sus mejillas sonrosadas le han resultado deliciosas. Se acomodan en uno de los divanes del gran lounge y piden dos capuchinos muy espumosos. La conversación fluye con la intermediación del café. Durante espacio de casi dos horas charlan animadamente de todo. Sandra escucha embargada los logros profesionales de Mario, sus publicaciones, sus congresos, sus supuestos proyectos de negocios. Por su parte, Mario simula atención a la melancólica historia de su madre, de sus horas de estudio perpetuo. Se siente estimulado contemplando la apertura de su camisa en esa posición reclinada. Sin darse cuenta, con el calor de la charla se han ido aproximando el uno al otro. Aceptan de buen grado el tacto enardecido de sus cuerpos y la connivencia de una copa de alcohol. En un momento de ardor etílico, Mario la besa suavemente en el carrillo y luego dirige sus labios hasta su oído, donde susurra una proposición indecente. Sandra olvida todos los consejos aprendidos y cede a la imperiosidad de la carne.

Suben a la planta tercera donde está disponible la habitación turquesa. Allí, Sandra se entrega al desconocido. Pronto es recorrida por sus manos experimentadas que la manejan a placer. Mario la desnuda con voracidad y se acopla a su cuerpo como si de una práctica de natación sincronizada se tratara. Sobre el lecho mullido, ambos ejecutan un número a base de contorsiones, pinzas y estiramientos que concluye en una batería de placer. Como remate final, Mario extrae de su americana un artilugio chino de vidrio, de color fucsia y suaves formas torneadas, que aplica sobre el monte venéreo de Sandra hasta obtener de ésta unos últimos sollozos de deleite. Pero Mario tiene que regresar aprisa al congreso. Abandona la habitación, se despide de Sandra con un beso afectado y, ya desde el bmw, promete volver a llamarla. A las cuatro menos cinco, con fauces de zorro y sudor que le recorre la espina dorsal, salva las puertas del hemiciclo. Le sirven agua en botella y se dispone a tomar la palabra.

lunes 28 de septiembre de 2009

25

En su alucinado retorno a casa, el telescopista recorre la Calle Olmos y se cruza con algunos de los estandartes del barrio. Entre ellos se halla, necesariamente, Delfín 400, el vendedor de enciclopedias. Él también se siente, desde hace días, algo intranquilo. Sin estrategia definida, se le observa dando vueltas a la manzana, como abstraído. Una inquietud le retuerce las tripas y le impide atender apropiadamente sus objetivos de venta. Desde la semana pasada no ha programado visita alguna, ni siquiera ha abierto el maletín para consultar sus carpetillas de clientes. Lleva la valija a rastras sin verdadera conciencia de ello, como si hubiera aceptado de por vida la compañía de esa mascota de cuero, vieja y triste. De vez en cuando la suelta sobre la acera para descansar un rato. Se apoya en una farola, suspira, se rasca la cabeza, el bigote, se enciende un cigarro, vuelve a suspirar con vehemencia, cambia la carga de mano y retoma la marcha. Así durante toda la mañana, vagando lastimeramente.

La confusión que sufre el vendedor de enciclopedias halla una explicación certera. En su cabeza, las ideas bullen como en una marmita sucia. Días atrás, en un acto de vitalidad incendiaria, Delfín 400 dio el paso definitivo en su proceso de acercamiento virtual a Ninfa 2371 y concertó con ella un encuentro real, físico, constatable. La expectativa de la cita, que ha de celebrarse en breve, lo inquieta y desazona a un mismo tiempo. No sabe si está emocional y orgánicamente preparado. Han sido muchos años de ausencia, de retiro voluntario. Tal vez el amor ya nunca pueda echar raíces en su pecho tan falto de nutrientes, le da por pensar. El fenómeno del latir desbocado de su corazón, espasmódico a primera hora de la mañana, pero más intenso conforme avanza el día, lo desconcierta sobremanera. Ese latido intratable, remiso a las pausas largas de los cigarrillos negros, amenaza con removerle los bolsillos del pasado y sacar a luz viejos retratos de fantasmas que ya creía descoloridos. Él no consiente que tal suceda. Se echa a andar de nuevo hasta que la taquicardia remite.


En uno de sus acostumbrados altos, Delfín visita la tasca de la esquina para inyectarse una infusión de camomila. Suele para allí al mediodía, un local inmundo y muy castizo. Los paisanos beben sus vermús, juegan al dominó en pequeñas tandas o discuten la actualidad acodados en la barra, con la vista prendida del televisor. A esa hora está acabando el programa de Fany Rubio. Es justo el momento de los episodios sentimentales. Parejas que se confiesan engaños, infidelidades, pasiones irredentas... En el programa de hoy, una mujer de facciones redondas reconoce haber traicionado a su marido reiteradamente con un párroco rural, recién fallecido. El marido asiste a la confesión entre aturdido y sobrepasado, como si el impúdico finado le hubiera transmitido la potestad de impartirle dicho sacramento. La mujer llora y pide clemencia. El marido se desmaya de repente. Delfín contempla el espectáculo con el espíritu confiscado. Ciertas áreas de su cerebro parecen reactivarse ante la visión del programa. El pasado resucitado, maquinando contra su estabilidad de nuevo… En la penumbra de humo y tapas, su figura se disuelve verticalmente, como vapor de agua sofocado por su gabardina.

viernes 18 de septiembre de 2009

24

Martes de nuevo. Desde su mesa de atención en la sucursal de la calle Olmos, la jornada se le hace especialmente larga al telescopista. Un aburrido desfile de cartillas de ahorro, recibos, cheques sin fondos, ingresos en cuenta, a lo sumo, algún sospechoso cambio de divisa… Por su carácter taciturno, el telescopista se hizo acreedor a este puesto en el banco. Seguramente con la aquiescencia del director de la oficina, los compañeros consintieron hace tiempo en confinarlo a la caja, en castigo por su autismo deliberado. Así, cada día ha de vérselas con los caprichosos clientes del barrio. Aguantar sus manías, sus desvaríos, sus improperios, sus miserias monetarias… cuando no su mal aliento. El telescopista asume esta condena con absoluto mutismo. Nunca dice nada. Soporta los rigores del trabajo con el gesto inexpresivo de siempre, levantando la mirada de vez en cuando para ver los rayos del sol colarse por el arco de seguridad. Como forma velada de protesta, ha impuesto su abandono físico: la barba desafiante de dos días, las camisas sin planchar y abiertas por la pechera, las ojeras cada vez más pronunciadas… Los llamamientos al decoro de sus superiores nunca han sido para él motivo de preocupación. Sigue en sus trece. Su única ilusión es ver acabada la mañana y entregarse a sus tareas de alta observación astronómica.



En su solitario café de las once, al que nunca ha renunciado, el telescopista lee hoy la noticia de la tormenta, recogida con retraso por los diarios locales. Interesado de siempre por los fenómenos meteorológicos, como una derivación terrenal de los sucesos celestes que tanto le fascinan, llega al párrafo más sabroso: Como consecuencia de la tormenta, se ha producido también la caída de un gran bloque de hielo sobre una nave industrial cercana. La piedra helada, de origen desconocido, no causó daños personales, aunque sí cuantiosos desperfectos. El impacto provocó la rotura completa del tejado y de tres capas de aislante y escayola. Cuando la administrativo de la empresa abrió la nave en la mañana de ayer lunes, un enorme agujero la aguardaba en el techo de la oficina comercial. En el suelo se podía observar todavía el proyectil, de más de 20 kilos de peso, deshaciéndose. Agentes del CSIC, avisados del percance, recogieron los restos para investigarlos en laboratorio. Aunque el origen de estos enigmáticos bloques suele relacionarse con fenómenos atmosféricos bruscos, hay quien asegura deberse a efluvios de aviones o, incluso, a desprendimientos cósmicos de alguna cola de cometa…

Sin digerir esta última frase, el telescopista deja a medias el café y vuelve a su puesto en estado de enajenación. Se sienta a la mesa e intenta retomar las labores de la caja, pero su cabeza se lo impide, víctima de fuertes pinchazos. Ante la insistencia de un cliente, se ve incapacitado para realizarle una simple transferencia. Acude al despacho del director y le comunica que se siente indispuesto, que debe abandonar la caja. ¿Cómo? ¿Qué está usted diciendo?, le gruñe el jefazo. Que me encuentro mal, que si me da usted permiso para irme a casa…, contesta él. Esto es increíble, ¡lo que nos faltaba! Haga usted lo que le dé la gana, accede finalmente el director. El telescopista recoge sus cosas y abandona la oficina ante la mirada inflamada de reprobación por parte de sus compañeros.

lunes 14 de septiembre de 2009

23

Los recuerdos son una marea que periódicamente devora la estabilidad de su alma. Ha pasado una semana y, tal y como había prometido a su amigo Peter, Fernando ha sacado tiempo para analizarle en su empresa el disco duro. La noche después de la tormenta, decide aprovechar la tregua meteorológica para pasarse por su casa con las buenas nuevas bajo el brazo. Peter lo recibe a lo grande, más emocionado si cabe al saber que ha obtenido algo positivo. Estoy ansioso, le dice mientras lo agasaja con un tinto reserva.
- Pues, a ver, te cuento: no ha sido posible rescatarlo todo. Me temo que has tenido un problema serio con el disco duro, en fin, que vas a tener que instalar otro. No obstante, sí que he podido rescatarte la mayoría de los archivos y la antepenúltima versión guardada de tu proyecto, cuando el sistema generó la última copia de seguridad automática.
- ¿Quieres decir que, al menos, puedo volver a la antepenúltima versión del proyecto?
- Sí, claro, aquí te la he grabado en un CD.
- ¡Eso es genial, Fernando! No te haces una idea de cuánto me ayuda. Aunque tenga que rehacer lo posterior... yo ya daba todo por perdido. Me has salvado la vida, de verdad. ¡No sé cómo darte las gracias!
- No tienes que dármelas, para eso están los amigos. Me invitas un día a cenar y ya está.
- Eso está hecho, ¿seguro que no quieres quedarte hoy?
- No, hoy no, mejor otro día. Me termino el vino y me marcho, aún tengo cosas que hacer en casa.



Se acaban las copas y Fernando se despide de Peter. Al arrancar su audi, se siente repentinamente revuelto, como sucumbiendo en diferido a la tormenta. Un golpe de mar le barre el cerebro en ciertas calles. Los traumas que creía superados reaparecen en forma de violento oleaje. Es como si el agua se colase por todas las rendijas del vehículo y lo arrastrase hacia el abismo. Sin proponérselo, se desvía de su camino y se halla dando vueltas por el barrio en una búsqueda sin sentido. Dos semáforos más adelante, ha creído ver, arrancando cuando aún estaba en rojo, el coche de su ex novia Sandra. El mismo modelo, la misma pintura, intuye que idéntica matrícula. Fernando se salta también su semáforo y trata de seguir al fantasma. Un giro a la izquierda, dos a la derecha, el stop de la iglesia y ya está en la calle donde tenían el apartamento. Desdichadamente, un coche patrulla anda por la zona y no puede tragarse más señales. Cuando el camino queda libre, ya no hay huella del vehículo. Ha desaparecido.

Fernando reduce la marcha y aguza la vista, ya cansada a esa hora de la noche. Con instinto de coyote va rastreando uno a uno los vehículos apostados en la calle. Mira los colores y las lunas traseras. Va buscando el peluche que ella siempre llevaba colgando en el maletero. En su batida, teme encontrase con alguna imagen que le revuelva las tripas. Cree dar con su presa por un momento, pero, al acercarse, confirma que se trata de otra matrícula. Prueba a localizarlo en el aparcamiento del otro lado. Tras quince minutos de infructuosa exploración, se golpea la cara, pone a tope el aire acondicionado y retoma el rumbo hacia su casa. Su imaginación le ha jugado una mala pasada.

jueves 3 de septiembre de 2009

22

Para Sandra, la princesa opositora, el inicio de la semana no marca cambios significativos en su agenda. No existe diferencia entre sábados, domingos o lunes, desde que todos los días son consagrados a su rutina mustia de papeles. Poco importa si afuera la tormenta ha alterado la vida del barrio, si los árboles caídos interrumpen el paso de los coches o si las ramas esparcidas por la plaza complican la apertura de los puestos ambulantes. Para ella, cada día no responde al calendario solar, sino aquel otro que marca su programa de materias y apuntes, el taco de esquemas que le resta para dar otra vuelta al temario. Cada mañana es igual a la anterior: un clavarse de codos a la mesa durante cinco horas de inquisición y tormento.

Cuando el mediodía rasca su cuerpo con las uñas de un traicionero apetito, Sandra hace un alto en sus estudios para tomarse una fruta. No puede evitar, llegado este punto, conectarse al ordenador, a su secreto mundo de chateo y páginas en rosa. Para gran alegría suya, su príncipe digital también está conectado. Se saludan fogosamente. Sandra se siente especialmente receptiva. Él la piropea y ella le responde con desacostumbrada complicidad. Se intercambian teléfonos, fotos, besos digitales… Finalmente, en un impulso incontrolable que ni la propia Sandra acierta a explicar, más allá de la semilla de excitación que el cambio de tiempo haya podido imbuir en su estado de ánimo, consiente en quedar con él una tarde cualquiera. Ya está harta de tanto estudio, de tanta preocupación por su madre desmemoriada, de no experimentar nada real. Por primera vez en meses se deja arrastrar por la llamada lobuna de la vida. Su príncipe sella la cita con un estallido de carmín en el azul del monitor. Se despiden cerrando la ventana de su charla.

Inmediatamente, Sandra siente necesidad de irradiación, de compartir su alegría. Observa en el chat que su amiga Ingrid lleva también un rato conectada. Nueva ventana abierta, se saludan cariñosamente y Sandra no tarda en contarle la novedad. A pesar de su incondicional amistad, de su comprensión para estos y otros asuntos en ocasiones turbios, Ingrid no oculta su sorpresa. Oye, ¿sabes acaso cómo se llama?, le interroga.
- Pues claro, se llama Mario y parece bastante majete.
- ¿Y qué más sabes de él? ¿A qué se dedica?
- Es doctor en medicina, aunque trabaja en el sector farmacéutico, tiene publicaciones escritas en revistas médicas.
- Pero… ¿tú te has cerciorado de que eso es cierto?
- Sí, claro que sí, me ha mandado la página de su empresa y todo es verdad, sale una foto suya y … mira, te la mando, acepta el envío.
- De acuerdo, pero, qué quieres que te diga, me parece una locura, no lo conoces de nada.
- ¿Ya la has abierto? ¿Qué opinas?
- Sí, parece majo… Oye, haz lo que quieras, pero sé precavida. Queda con él en un sito público, ¡ni se te ocurra llevártelo a casa!
- Claro que no, Ingrid, ¿por quién me has tomado? A veces me recuerdas a mi madre… Bueno, voy a seguir empollando, un besito.

Y Sandra vuelve a sus apuntes con una tontuna ilusionada.